En el devenir del tiempo de nuestra corta existencia sobre este mundo, nuestro análisis de las circunstancias que nos rodean, principalmente las negativas o adversas, nos llevan a grandes conflictos y frustraciones, ya que consideramos que no merecemos cosas semejantes, y que en medio de todo hay una «injusticia». ¿Por qué alguien tiene salud, recursos, belleza física, amigos, familia, puestos, dones, oportunidades, un lugar, verdaderas riquezas, poder, etc.? Y yo, aquí, con escaseces, enfermo, pobre, sin un lugar, sin amigos, sin dones y «hasta feo», nos parece entonces justificable nuestra postura negativa ante semejante contrariedad. Entonces, antes de todo, tendré que demostrar mi descontento hacia el que tengo al lado, quien supuestamente tiene lo que yo podría tener, a lo cual dice el apóstol Santiago: «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones (cosas vanas y materiales), las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (Stg.4:1-3). Luego de esta nueva frustración ante tan infructuosa lucha, la vida (Dios) sigue pareciendo injusta ante nosotros. Vamos en busca de un nuevo culpable, y uno más, y otro; pero en el fondo de nuestra alma existe el más grande presentimiento de que es «Dios» el único culpable. Habrá quienes lo manifiesten hasta con blasfemias y otros traducido en grandes rebeldías e inconformidades, ya que no expresan con palabras su descontento, y entonces, si no es verdad, ¿en dónde está Dios y qué hace ante tanto dolor de los miserables, minusválidos, tontos, indefensos y ante tanta injusticia humana y social? Tenemos que aceptar como principio fundamental y por la fe, que tampoco es de todos ni para todos, que Dios es perfecto y en él no hay error ni sombra de variación alguna y que en esa sabiduría también dejó leyes y principios como este: «…todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gál.6:7); .«…El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará (2Co.9:6); dando es como recibimos: «Dad, y se os dará…» (Lc.6:38); «…dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Lc.20:25); «bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová» (Sal.41:1); «…hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza» (Pr.11:24); «Abominación son a Jehová las pesas falsas, y la balanza falsa no es buena (Pr.20:23). Qué agradable es recibir regalos y disfrutar de amigos; pero, ¿has dado antes un regalo? O, ¿será que te has mostrado antes amigo? Creemos ser merecedores sin antes dar; pero ahora vienen lo más maravilloso: las luchas y frustraciones nos llevarán a valorar algo más grande y eso es lo espiritual, para que al llegar a entender que nada material de este mundo tiene el valor de lo que Dios sí pudo dar, que fue su vida misma ofrecida a través de Jesucristo, y así llegaremos a menospreciar todo lo material –aun nuestra propia vida– y en esa verdadera realidad entregarlo todo para alcanzar lo eterno, la vida en Dios por siempre y para siempre. Entonces, en nuestra vida actual todo lo material será una mera prueba en la elección de la verdad absoluta y eterna. Entonces, y pensándolo bien, todas estas adversidades más bien son una ayuda de Dios para sus escogidos, ya que esto nos facilitará el alcance de nuestra meta que es la salvación de nuestra alma: «esta leve tribulación momentánea…» (2Co.4:17); «…el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna» (Gá.6:8). Entonces, ya no más protestas ni frustraciones; sigamos adelante hacia la meta eterna sin mirar atrás. Emitida en Guatemala el 28 de marzo de 2010
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