jueves, 3 de diciembre de 2009

Dios tarda, pero vendrá

La maldad ha existido. Dios deja que los seres que él creó valoren y hagan lo mejor, según el entendimiento, la gratitud y el amor al Creador. En el cielo se vio la rebelión del querubín protector, que —no conforme—quiso ser igual a Dios, por lo que perdió la comunión y la gloria. Fuera del cielo vino a la Tierra como enemigo, para engañar y destruir la obra que se daría con Adán y Eva, a quienes ofreció la sabiduría para ser como Dios. Esto los llevó a la expulsión del huerto, la pérdida de vida y la comunión. El mundo con el maligno continuó la destrucción, tal como lo mostró Caín al matar a su hermano. Asimismo, los hijos de los hombres eran gigantes de renombre; pero malignos, al grado que Dios envió un diluvio para exterminarlos, salvándose Noé y su familia, por ser justo, obediente y temeroso.

Otro ejemplo de la ira de Dios por la maldad se vio con los habitantes de Sodoma y Gomorra. Por su corrupción y maldad fueron destruidos con fuego y azufre, pero se salvó el justo y piadoso Lot y sus hijas. En la época de Jesucristo, el maligno buscó destruir al Salvador y autor de la vida. Veamos: «…los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle…» (Jn.5:16). Según Mateo, esto se intensificó: «Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte» (Mt.26:59). La iglesia que tiene a Dios, también tiene al enemigo. Santiago nos dice: «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatías y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (4:1). Habla de pasiones, que Pedro nos amplía así: «…os ruego… que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma» (1P2:11). Se menciona la codicia, la envidia. Luego nos dice: «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?...» (Stg.4:4). No olvidemos que éramos hijos de ira, y siendo enemigos, Cristo nos ha reconciliado para que andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestidos del Señor Jesucristo, y no proveyendo para los deseos de la carne (Ro.13:13-14).
El Señor advierte a su iglesia que vendrá, no se tarda… no quiere que perezcamos sino que nos arrepintamos para ser libres del fuego... (2P3:9). Si vivimos en santidad y piedad, esperando cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia; hermanos, sigamos la paz con todos y la santidad para ver al Señor.
Señor ayúdanos a creer en tu amor y en tus juicios para ser salvos de esta generación y de la destrucción que viene para los que no te creen y gozan del mundo que pasará…

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