Generalmente el hombre nunca piensa en una derrota ni mucho menos acepta que otros lo puedan vencer. Ese fue el pensamiento de Caín, quien llegó a cometer una barbaridad, pues nunca aceptó que su hermano fuera superior a él. Tanto le carcomió la envidia que llegó al punto de matar a Abel, pues no soportó estar en un segundo plano.
El deseo de ser superior a los demás es la obsesión más grande en el hombre. Por eso el ser humano se afana y lucha en este mundo, porque quiere demostrarse a sí mismo que va a la cabeza y no a la cola, de ahí que le gusta oír mensajes triunfalistas.
El deseo de ser superior a los demás es la obsesión más grande en el hombre. Por eso el ser humano se afana y lucha en este mundo, porque quiere demostrarse a sí mismo que va a la cabeza y no a la cola, de ahí que le gusta oír mensajes triunfalistas.
Un ejemplo de ello lo vemos en los mismos discípulos de Jesucristo, quienes se disputaban el primer lugar. Uno quería estar a su derecha, otro a su izquierda, otro quería ser el tesorero, y para ello demostraban sus cualidades con tal de ganarse ese lugar.
Hoy en día, la mayoría de los líderes toma pasajes en el orden del triunfalismo, para captar más adeptos, pues eso sí le agrada a la gente. Por eso les gusta predicar sobre aquellos pasajes que expresan esos sentimientos, como: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil.4:13). Por supuesto que así es, pero la forma en que lo predican, «pareciera» que uno vence a los demás y no los problemas. A tal grado, que muchos líderes dicen que Dios los puso por cabeza y no por cola. Entonces, tienen que estar siempre a la cabeza, porque si no, ya no se cumple en su vida tan benditas palabras, y eso los convierte –en su criterio– en más que vencedores; pero esto es en el orden de lo material. Prácticamente llegan a la maravillosa conclusión de que Dios da abundantes riquezas materiales, sólo por el hecho de ser su hijo. Esto es lo más contradictorio en la vida, porque si así fuera, Cristo hubiera sido el primer rico; pero fue pobre. Él mismo dijo: «…Las zorras tienen sus guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Lc.9:58).
Todos los pasajes aplicados en ese espíritu triunfalista son el resultado de una mente que no ha entendido el camino hacia el cielo. Que Dios nos ayude a ser más que vencedores; pero del pecado que está en nuestra propia vida. ¡Que Dios le ayude!
Publicado en Prensa Libre el 9/11/2008
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